Hay lugares que no son sólo un pedazo de arena para apropiarse. Son memoria. Son infancia. Son formas de vida que no caben en planos ni en cifras. La playa de Llolleo es uno de esos lugares.

La posible desaparición de la playa de Llolleo no amenaza solo un ecosistema costero único, sino también las memorias, formas de vida y vínculos comunitarios que han resistido décadas de abandono y expansión industrial.
Hoy, el último espacio de acceso libre al mar en San Antonio está en riesgo de desaparecer. El proyecto de expansión portuaria “Puerto Exterior” busca cubrir de cemento la playa de Llolleo, modificar la desembocadura del río Maipo y fragmentar irreversiblemente un socioecosistema que ha persistido durante siglos. No se trata solo de arena, sino de un sistema vivo donde conviven riberas, lagunas, humedales y estuario, cuyo equilibrio depende precisamente de esa franja costera. Su eliminación no sería un daño parcial: sería un quiebre.
Pero tampoco hablamos únicamente de biodiversidad. Llolleo fue uno de los balnearios más importantes de la zona central de Chile. Durante gran parte del siglo XX, fue un espacio de encuentro, veraneo y vida comunitaria. La gente llegaba en tren, caminaba hacia el mar, arrendaba botes en las lagunas, compartía cines, hosterías y quintas de recreo. Había una cultura costera viva, construida en torno a la relación cotidiana con el mar.
Ese mundo no desapareció de golpe. Fue erosionado lentamente mediante una forma silenciosa de violencia territorial: cambios de uso de suelo, abandono urbano y expansión industrial sin regulación efectiva. Bajo discursos de progreso y desarrollo, se fueron desplazando comunidades, deteriorando espacios comunes y debilitando identidades locales. Hoy, la playa de Llolleo es uno de los últimos vestigios de ese paisaje, pero también una forma de resistencia.
En este territorio persisten memorias, prácticas y saberes que siguen defendiendo otra relación con el borde costero. Culturas ancestrales como los Bato, Llolleo, Aconcagua y pueblos costeros como lafkenches y changos han habitado históricamente este lugar en vínculo profundo con el mar. La pesca artesanal tipo chinchorro no es solo una técnica productiva: es patrimonio vivo. Hacer desaparecer la playa implica también interrumpir esa continuidad histórica y cultural.
San Antonio ya conoce las consecuencias del crecimiento portuario. Ha visto cómo la infraestructura avanza más rápido que la inversión en calidad de vida, cómo el borde costero se transforma en zonas de tránsito de camiones, polvo y ruido. El “Puerto Exterior” no representa una promesa futura, sino la profundización de un modelo que ha consolidado zonas de sacrificio y territorios cada vez más fragmentados. Eliminar la playa de Llolleo no es una decisión técnica: es una decisión política sobre qué vidas y territorios se consideran sacrificables.

Defender la playa de Llolleo no es solo defender un paisaje. Es defender un ecosistema complejo, una memoria colectiva y la posibilidad de que San Antonio siga siendo un lugar habitable, y no únicamente un nodo logístico. Porque cuando desaparece una playa, no solo desaparece la arena: desaparece una forma de vida, una historia y una relación con el territorio. Y todavía estamos a tiempo de evitarlo.
Equipo Ojos de Mar

