Una expedición de birdwatching por el norte de Chile parte de nuestro equipo se embarcó rumbo a uno de los salares más importantes del mundo en busca de la colonia más grandes de flamencos del altiplano y los resultados fueron increíbles.
Estábamos en San Pedro y se nos había hecho difícil poder encontrar flamencos como lo esperábamos, los puntos turísticos llenos de personas dificultaban aún más poder encontrar un espacio silencioso que nos permitirá solo estar ahí observando
Si que la idea de encaminarnos a Uyuni tomaba fuerza, el altiplano se abrió como un susurro tentador. Salimos desde San Pedro de Atacama llenos de expectativas, llevando en el pecho esa inquietud suave de quien sabe que algo extraordinario está por suceder, aunque todavía no tenga forma.
Éramos 4 del equipo de Ojos de Mar, viajeros con la mirada atenta, buscado alas en el viento desde Condores,hasta Jilgueros y Gaviotas Andinas todo era nuevo para quienes veníamos de la costa. Habíamos llegado al desierto con la esperanza de encontrar flamencos, pero San Pedro tan bello como concurrido, nos ofrecía paisajes magníficos y silencios interrumpidos.
Entre cámaras, pasos y voces, se nos escapaba ese instante íntimo que tanto anhelábamos, observar sin perturbar cohabitar sin invadir y si queríamos más, este era un viaje muy esperado desde que nos conocíamos.
Y el altiplano, generoso pero exigente, siempre guarda un poco más para quienes se atreven a cruzar sus fronteras.
Así fue como decidimos avanzar hacia Bolivia, hacia ese territorio tan despreciado pero donde la tierra parece recordar su origen mineral y el cielo se vuelve espejo infinito . Conversamos con distintos guías, buscando no solo transporte, sino complicidad, alguien que entendiera que no viajábamos para tachar destinos, sino para demorarnos lo que fuera necesario Y lo encontramos, un guía local amable, conocedor de los ritmos invisibles, que nos llevó por humedales altoandinos donde el viento y la calma inundaban nuestras miradas mareadas y apunadas.
El viaje se volvió una sucesión de atardeceres imposibles de olvidar, el sol descendía lento y quemaba fuerte al despertar.
El primer gran encuentro fue en Laguna Colorada

Allí, el mundo parecía haber sido pintado con un pulso decidido el rojo profundo del agua, las nubes, y sobre todo, la vida. Más de dos mil flamencos desplegaban su coreografía incesante, una vibración rosada que contrastaba con la tierra que resiste a las innumerables presiones de ser explotadas por empresas transnacionales de Litio.
Ahí mismo habían también otras especies, discretas, casi invisibles, en ese momento nos apoyamos en herramientas como Ebird, Merlin para aprender un poco más de lo que veíamos.
Porque en ese territorio, la información escasea, y las señaléticas, desgastadas por el clima extremo, apenas resisten el paso del tiempo a más de 4.300 metros sobre el nivel del mar.

Un recorrido con historia
Seguimos avanzando, atravesando salares pueblitos para dormir hasta que llegó el amanecer en Uyuni. Y entonces entendimos. Primero, un frio sobre un cristal una claridad tenue que se desliza sobre la sal infinita. Luego, el cielo se abre en tonos que no existen en ningún otro lugar, y el mundo entero se convierte en reflejo. No hay arriba ni abajo, solo una continuidad luminosa donde uno se pierde y se encuentra al mismo tiempo.
Los flamencos estaban ahí también, en colonias habitando ese paraíso austero pero que si miras hacia el infinito en alguna parte comienzas a ver el peligro y la explotación por la fiebre del Litio. Y nosotros, pequeños ante la inmensidad, supimos que habíamos llegado no solo a un destino, sino a una forma distinta de mirar.
No dire que fue un viaje cómodo o que no quisimos volver en varios momentos que la altura hacia lo suyo pero estábamos tan cerca de llegar que solo quedaba seguir en equipo.
El viaje fue más que birdwatching. Fue una expedición hacia el silencio, hacia la paciencia, hacia esa belleza que no se deja capturar del todo, al regresar, entendimos que los ojos nunca vuelven iguales cuando han aprendido a ver así.
Si que ya no éramos solo Ojos de Mar, eran de sal y de altura.
Equipo Ojos de Mar
Fotografias Jorge Bravo
